lunes, 21 de mayo de 2012

De perra y de mentirosa

No me gustan los perros, pero adopté una cachorra por prescripción de mi piscólogo. Él dijo que me haría bien y yo le hice caso, como siempre, a pie juntillas. Mengana está conmigo desde sus dos meses de vida y le tengo cariño, claro. Pero por ella me pasan cosas que no parecen beneficiosas para mi psique. Por ejemplo, empecé a mentir mucho más que antes. Ella suele lamerme con toooooda la lengua, sin escatimar saliva, y me da asquito. A la vez, no quiero que sienta que la rechazo. Entonces, lo que hago es mentirle que justo iba a hacer algo. Cuando me empieza a lamer la pierna le digo: “Vamos a la terraza a jugar, vení”, o “Vamos que tengo que cocinar, acompañame” y así la voy disuadiendo. Además de mentirle a ella, le miento al prójimo. Porque nunca pude agarrar la caca con una bolsa de nailon, me da asco. Y como la gente a veces me ve, tengo que mentir. Sobre todo cuando bajo al parque y está mi vecino buen mozo con su perro, finjo: “¡Uy, no te puedo creer que me olvidé de traer bolsita otra vez!”. A veces, él me da una que le sobra y yo hago algo peor: me distancio y actúo, finjo que levanto, pero no levanto nada. Ahora a la perra se le ha dado por sentir deseo sexual hacia mí. Ya le expliqué que, para empezar, somos dos nenas y, para seguir, somos de especies distintas. “Mal puedo satisfacerte a ti, Mengana, si ni los de mi propia especie vienen a por mí, incluso después de mis mejores esfuerzos”, le argumento. Pero ella dale que te dale con su movimiento pélvico sobre mi pierna. Y cuando lo hace y hay gente, también tengo que mentir y digo: “está en celo”. Para empeorar las cosas, el otro día al psicólogo se le dio por evaluar mi tenencia de la perra. —¿Y te ocupas de todas sus cosas sin problemas? —preguntó. —Absolutamente —mentí.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Un Rey llegó a la puerta

Recién había terminado de chatear con mamá sobre el tema de siempre: mi soltería. Ese es el tema de mi madre, por encima de todos. Si a ella le das a elegir entre que haya paz en el mundo y comida para todos y que me case yo, elige que me case yo.

“Ya va a llegar a tu puerta”, fue la última frase que escribió en el MSN. No contesté, dejé la compu y me fui a sacar a la perra.

Estaba en la puerta de abajo, luchando con la bolsa de basura, la llave y la correa de la perra cuando pasó él: un muchacho lindo lindo, con un perro hermoso.

Mengana y su perro se abrazaron jugando y me sentí tentada de ver señales… ¿Sería un aviso celestial el mensaje de mamá? Hablamos un poco mientras caminamos hacia la rambla. Que las vacunas, que la caquita, que a mí me hace esto y a mí me cruza la calle solo y que pim y que pam... Éramos él, yo y nuestros "nenes".

Su perro se llamaba Don King, me dijo. Y ahí ya me decepcionó bastante. ¿Cómo le ponés ese nombre a un perro? «Debe de haber sido su ex, esa tonta que elegía nombres tontos», me consolé.

Al regreso, como bobeando, le pregunte al portero si el tipo del Golden marrón vivía enfrente.

—¿El que siempre baja con sus nenes? ¿El dueño de Don King?
—No, no. El que yo digo no tiene nenes —mentí—. ¿Don King le puso el vecino al perro? ¡Qué mal gusto, por Dios!

miércoles, 7 de marzo de 2012

Un animal en casa

“Que alguien me esté esperando cuando llegue en casa, que alguien me esté esperando cuando llegue a casa”… El deseo estaba desde hacía tiempo. Tenía una planta, pero me sentía sola. Un vegetal no te hace compañía. Un vegetal no te hace mimos ni te hace sufrir ni te hace nada.

Decidí elegir un animal. Primero pensé en un hombre, pero lo descarté por la fuerza de los acontecimientos. Después manejé otras posibilidades: gato, tortuga, canario, urón... Al final adopté una perra: Mengana.

Físicamente, Mengana es normal. A nivel intrapsíquico, la cosa se complica. La can presenta comportamientos realmente raros, sobre los que no voy a explayarme para no exponerla.

Por suerte mis vecinos son amables y apenas si deslizan un “¡qué locura tiene esa perra!”. Pero yo sé que es grave. En el fondo, uno siempre sabe.

Podría escribir un libro sobre el desorden mental de Mengana, o quejarme porque justo a mí me tocó una perra con problemas, pero no es mi intención. Mi intención es dejar por escrito mi deseo, tras el episodio de hoy:

Si este animal se me vuelve a escapar para cruzar la calle, y si por esas cosas de la física la pisa un auto, por favor, Señor, Alá y todos los santos del firmamento, que fallezca en el acto. Porque lo bueno de la locura es no sufrir. Y porque me niego a tener otro vegetal en casa, y encima sufrir... Para sufrir, me traía un hombre.

lunes, 24 de octubre de 2011

Una, y la telenovela en el Abitab

Vos también sabés las pocas chances que tiene una mujer como yo de encontrar a su “roto” (o a su “descosido”, nunca supe cuál es cuál) a esta altura de la vida.

Una como que ya lo asumió, pero ahí sigue la mamá de una, preguntando cada domingo si saliste y si “conociste a alguien”.

— No, mamá… Bah, conocí a varias personas pero no del tipo que vos me estás preguntando.

Después de años de mucha noche y mucho rímel infructuoso, una como que pierde el norte. Entonces, cualquier lugar empieza a parecer un escenario donde es posible encontrarse con el roto.

Bah, tampoco cualquiera. Ponele, acá en Montevideo, con tanta parada y tanto Celeritas, no te va a pasar como en Estados Unidos, que te subís a un taxi y por la otra puerta se sube el roto de tu vida. Eso no. Pero el rollo telenovela que arrastramos desde Grecia Colmenares como que se dispara mal.

He pensado mucho en esto cuando voy a poner saldo en el celular a esos locales de cobranza que siempre están llenos. La mujer que te pregunta el número nunca escucha bien, por el vidrio, y una tiene que repetir el número casi gritando.

Últimamente me pasa que la segunda vez que digo en voz alta mi teléfono se me dispara la telenovela: empiezo a mirar alrededor y a preguntarme «Alguno de estos señores de la fila, ¿no tendrá a bien memorizarlo y ofrecerse por sms a hacerme la costura?»

viernes, 21 de octubre de 2011

Devuélveme la vida

El otro día lo crucé en la peatonal Sarandí.« ¡Qué zarpadas las vueltas de la vida!», pensé.

¿Viste que en la escuela hay una edad en que a las niñas les da mucha vergüenza interactuar con los varones? Bueno, en esa edad llegó Jorgito E. a mi clase.

Venía de una escuela rural que tenía seis alumnos, dijo la maestra.

A los pocos días, una reunión de padres iba a cambiar mi vida para siempre. En la estrategia participaron las siguientes personas:
a) la maestra,
b) mi madre,
c) la madre de Jorgito E.

Me llamaron para hablar y me dijeron que tenía que jugar con Jorgito, que él no se estaba adaptando bien y que volvía a su casa llorando. Había que revertir la situación, me trasmitieron.

Yo era la listilla, la popular, la de la Cruz Roja que además habla en los actos. Y se me encomendó una misión humanitaria, propiamente.

Para estar a la altura tuve que pelear contra la vergüenza e ignorar las bromas. Lo hice y jugué con Jorgito E. todas las tardes durante un tiempo, hasta que lo empezaron a invitar a los cumpleaños y eso.

Pasaron como veinticinco años y el otro día me lo crucé en la peatonal, te decía. Bronceado, altísimo y muy atlético. Está casado con una mujer preciosa, tiene dos hijitos y mucho dinero. Es lo que la gente definiría como un hombre exitoso, sencillamente.

Yo, por mi parte, me quedé sola, gano un sueldo de sobrevivencia y voy a terapia porque solo logro hacer amistades patológicas con los hombres.

No le di mucho detalle de mi vida y lo despedí con cariño, claro. Pero después de que caminé unos pasos tuve como ganas y girar y gritarle:

—¡Devuélveme mi vida, Jorgito!

miércoles, 19 de octubre de 2011

El conocimiento: he ahí el problema

Cada vez que entro a la piscina del club, me acuerdo de mi problema. Y si justo hay algún pibe que esté bueno, me estiro la malla disimuladamente.

Ahora tengo un problema porque lo sé. Antes no lo tenía, pero un día pasó esto:

Era verano y estábamos en la Barra del Chuy. Gaby tenía un grano horrible en la entrepierna y le dolía. Tuvo que ir a la policlínica, me acuerdo.

— Dice el doctor que no me preocupe, que es un pelo dado vuelta —me explicó.

— ¿Un pelo dado vuelta? ¿Cómo? —pregunté.

No podía entender cómo un pelo podía darse vuelta y convertirse en aquello.

— Sí, un pelo dado vuelta que se infecta. ¿Vos nunca tuviste un pelo dado vuelta?

— Yo no. Nunca —aseguré.

Como a los dos días me estaba sacando la arena en la ducha de afuera y me moví la malla. Gaby esperaba su turno y en una me grita:

— ¡Eso es un pelo dado vuelta, mija! ¡Y eso! ¿Cómo que no tenés? ¡Tenés muchos más que yo!

Me miré sorprendida. Yo creía que la piel de ahí era así, como con puntitos negros.

— Son puntos negros —repliqué estirándome para verme mejor.

— No, mija, no. Son pelos que en vez de salir como deberían, crecen para adentro.

— ¡Pa! —alcancé a decir, pero me quedé pensando.

Ni siquiera sabía que eso podía pasar. ¿Cómo una persona vive treinta años ignorando que tiene pelos dados vuelta?, me pregunté.

Ahora tendría que:

1) vivir con el temor de que un día me saliera un grano como el de Gaby.

2) sentir la compulsión de taparlos, porque ahora sabía que eran pelos (y encima desviados, mal hechos).

3) asumir que mi cuerpo albergaba tanto error de información genética en una zona tan reducida.

4) corroborar, una vez más, que toda mi desinteligencia terminaba confluyendo en el pubis.

Cerré la ducha y me estiré la malla, como hago ahora cuando entro a la piscina del club, mientras miro si hay algún pibe que esté bueno.

martes, 20 de septiembre de 2011

No te amo, pero cuidate

Hay dos modas del lenguaje oral que me molestan bastante, pero no lo puedo decir, porque queda como de inadaptada.

Una de esas modas la practica cierta clase adolescente: la que va al vestuario de mi club. No es que se digan “boluda” cada tres palabras. No es eso lo que me jode. Lo que me fastidia es que se dicen “te amo” todas las veces que se despiden. Todas con todas.

Yo sé que las palabras no se gastan, pero me dan ganas de decirles: “Bo, boludas, guarden alguno para cuando amen de verdad”. No tenemos inventada otra expresión similar, no tenemos nada que se asome al poder semántico de un “te amo”. Entonces no me lo uses para despedirte todas las tardes de las chicas de handball.

Otra cosa que me molesta (mis amigos no lo saben) es el “Cuidate” o “Cuidate mucho” en las despedidas.

Primero porque es obvio que me cuido. Me cuido todo el tiempo: como brócoli y germen de trigo, hago yoga, tomo homeopatía y uso yerba para nerviosos. Pero me cuido para mí, no porque vos me lo sugieras. ¿Cuál es el sentido de decirme “cuidate”? ¿Cómo lo decodifico? ¿Como un: “me interesa que sigas viva”?

Segundo, soy hipocondríaca y supersticiosa en la misma proporción. Si me decís eso, mi mente piensa: ¿De qué me tengo que cuidar? ¿Vos sabés algo? ¿Estás presintiendo que me puede pasar algo?

— Si me va a pasar algo, decimelo. En serio, boluda. Decimelo porque entonces sí, si sé que me va a pasar algo, ahí te digo que te amo.